Del desastre de la Invencible a la defensa de A Coruña

El ataque de Drake (1589). El galeon San Juan se adentra en la ria. Pintura de Antonio Navarro Menchón

A Coruña, verano de 1588.

El bullicio habitual de una ciudad que vivía del mar se había transformado en una escena de desolación y urgencia. Los barcos que entraban lentamente en la bahía no traían mercancías ni pescado. Traían hombres. Exhaustos, enfermos, muchos de ellos incapaces de mantenerse en pie. Habían sobrevivido a la mayor expedición naval organizada hasta entonces por la Monarquía Hispánica y regresaban derrotados tras rodear Escocia e Irlanda entre tormentas, hambre y naufragios.

El tifus, y no el escorbuto como se ha creído a menudo, fue el verdadero azote de la Invencible. La suciedad, la miseria y las fatigas ofrecían a la enfermedad un caldo de cultivo perfecto. Al mes escaso de su llegada a La Coruña, la Armada tenía ya 500 hombres enfermos en el hospital de la ciudad. Una cifra extraordinaria que revela un estado sanitario lamentable, teniendo en cuenta que solo entró un número reducido de barcos y que únicamente se enviarían al hospital los enfermos más graves.

El estado de los hombres que desembarcaban en La Coruña era lamentable. Las condiciones de vida a bordo durante la travesía habían sido brutales. La ración de la Armada se componía de 26 onzas de galleta, 12 de carne, habas, garbanzos y media azumbre de vino al día. Pero la mala calidad de las provisiones, el agua podrida, la humedad y el frío hicieron estragos.

En los buques que permanecían anclados en el puerto, la situación no era mejor. Se calcula que, por cada enfermo hospitalizado, había al menos cuatro veces más en los barcos: unas 2.000 personas que pronto correrían la misma suerte que sus desdichados compañeros.

La llegada de los primeros supervivientes

A mediados de julio de 1588 comenzaron a llegar los primeros buques a La Coruña. El 17 de julio entraron en el puerto el San Juan de Sicilia y la Santa María del Visón, procedentes de Laredo. Al día siguiente llegó la capitana de Recalde, y el 19 lo hicieron las dos urcas que se refugiaron en la ensenada de Muxía. Los barcos llegaban «muy buenas y sólo les falta acabar de hacer aguada», según consta en los documentos de la época.

Pero el estado de los barcos no reflejaba el estado de los hombres. La travesía había sido penosa. Tras la derrota en el Canal de la Mancha, la flota había tenido que regresar a España bordeando las costas de Escocia e Irlanda, donde las tormentas habían causado estragos. Veinticinco galeones habían encallado y se habían perdido en las costas irlandesas.

Entre los barcos que lograron llegar a Galicia se encontraban el galeón San Juan, el galeón San Bernardo y la urca Sansón. Todos ellos, supervivientes de la debacle, habían conseguido alcanzar la costa gallega, aunque seriamente dañados. No fueron los únicos. La nave Begoña también llegó a la ría de Vigo en los primeros días de octubre de 1588, y hay constancia de que otras galeazas, como la Zúñiga y la Napolitana, lograron alcanzar las costas gallegas para ser reparadas.

La hospitalidad de una ciudad en tensión

La llegada de miles de hombres exhaustos y enfermos supuso un desafío logístico para La Coruña. La ciudad, que ya había hecho esfuerzos para abastecer a la Armada antes de su partida, tuvo que improvisar para atender a los supervivientes.

Los 400 soldados gallegos que habían sido reclutados para la expedición por el Conde de Lemos y que habían sido desembarcados, ya antes de zarpar por orden del duque de Medina Sidonia, fueron quizás los más afortunados. El general, consciente de su inutilidad para la guerra —»ninguno de ellos sabe qué cosa es arcabuz, espada ni ningún género de armas»—, decidió licenciarlos y devolverlos a sus casas. «Y como hombres muertos se han dexado estar. Y algunos sin comer dos días. Visto esto los he licenciado», justificó Medina Sidonia ante el rey.

Pero para los marinos y soldados que habían llegado de otras partes de España, el regreso no era tan sencillo. La ciudad se convirtió en un improvisado centro de acogida, con el hospital rebosante de enfermos y los barcos convertidos en cuarteles flotantes para los que aún podían mantenerse en pie.

El San Juan y el San Bernardo

Entre los barcos supervivientes que llegaron a La Coruña, el galeón San Juan y el San Bernardo tuvieron un destino singular. Ambos formaban parte de la escasa flota disponible para combatir a la flota de Francis Drake cuando esta atacó la ciudad en mayo de 1589.

El San Juan, que había sido el buque del almirante Juan Martínez de Recalde, se apostó junto al fuerte de San Antón y cañoneó a la flota inglesa a medida que se iba introduciendo en la bahía. Finalmente, los marinos españoles tomaron la decisión de incendiar el galeón para evitar que cayera en manos enemigas, y su tripulación se unió a la defensa de la ciudad. El San Bernardo probablemente corrió la misma suerte.

De supervivientes a defensores

La presencia de estos hombres en La Coruña no fue pasajera. Muchos de ellos se quedaron en la ciudad, integrándose en sus defensas o esperando nuevas órdenes. Cuando Drake atacó la ciudad en 1589, los marinos y soldados supervivientes volvieron a empuñar las armas para participar en su defensa.

Los pocos soldados que consiguieron restablecerse en los puertos gallegos tuvieron que combatir de nuevo muy pronto. La artillería rescatada de los barcos naufragados, como la Regazona (La Ragazzona, en su forma original veneciana), que había encallado en la ría de Ferrol en diciembre de 1588, sirvió para reforzar las baterías del castillo de San Antón y del fuerte de San Carlos.

El puerto de La Coruña, que había sido testigo de la partida de la Armada hacia el desastre, fue también el escenario de un último esfuerzo. Muchos de los hombres que defendieron A Coruña en mayo de 1589 ya habían pasado por una experiencia límite. Apenas unos meses antes habían sobrevivido a una de las mayores catástrofes navales de su tiempo. Cuando Drake apareció frente a la ciudad, aquellos supervivientes tuvieron que volver a empuñar las armas. La historia de la Armada no terminó en Irlanda. Continuó en las murallas de A Coruña.


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