El Conde de Caracena, Gobernador de Galicia

A Coruña, 1596

La ciudad respiraba aliviada. La amenaza de un ataque angloholandés que había puesto en vilo a toda la costa gallega comenzaba a disiparse. El recién nombrado gobernador y capitán general de Galicia, Luis Carrillo de Toledo, había logrado detener el desembarco de la escuadra enemiga que alcanzó la ría coruñesa pocos días después de su llegada. Comenzaba así una década de gobierno que marcaría profundamente la historia de A Coruña y de toda Galicia.

Un noble en la encrucijada del Imperio

Luis Carrillo de Toledo había nacido en Puebla de Montalbán (Toledo) hacia 1564, en el seno de una familia de la alta nobleza castellana.

Con veintidós años y sin apenas experiencia militar, en 1586 fue nombrado virrey interino de Navarra. Pero su verdadera oportunidad llegó en 1596, cuando el rey Felipe II le encomendó la capitanía general de Galicia.

La designación no fue casual. El marqués de Almazán y el conde de Chinchón, dos de los ministros más influyentes de los últimos años del reinado de Felipe II, promovieron su nombramiento. Galicia, por su posición estratégica en el Atlántico, se había convertido en una pieza clave de la guerra contra Inglaterra y las Provincias Unidas.

Gobernar en tiempos de guerra

Caracena llegó a Galicia a finales de julio de 1596, coincidiendo con la amenaza de un ataque de la armada angloholandesa que, al mando de Lord Nottingham y el conde de Essex, había saqueado Cádiz. La situación era crítica. Las plazas estaban mal fortificadas y escasamente dotadas, y la costa gallega era un objetivo permanente de piratas y corsarios. Finalmente, los ingleses desistieron y se dirigieron hacia Plymouth, de vuelta a casa.

Durante los diez años que duró su gobierno, Caracena centró sus esfuerzos en dos frentes principales. Por un lado, la defensa del reino. Por otro, la gestión de los problemas de alojamiento y suministros que implicaban las expediciones españolas que partían de los puertos gallegos hacia Flandes e Irlanda. En sus propias palabras, fueron años en los que «ninguno huviese que no fuera forzoso estar con las armas en la mano«.

En 1599, Caracena logró rechazar un nuevo ataque, esta vez protagonizado por una flota holandesa comandada por los almirantes Peter van der Goes y Jan Gerbrandtsen, que acabó dirigiendo sus fuerzas hacia Lisboa, Cádiz y finalmente Canarias.

El desafío de la expedición a Irlanda

El acontecimiento que marcó de manera indiscutible los últimos años del gobierno de Caracena fue la «Jornada de Irlanda» o desembarco de Kinsale (1601). El desastroso desembarco de los hombres de Juan del Águila a finales de diciembre de 1601, y los continuos proyectos para emprender nuevas acometidas, le obligaron a reunir de manera reiterada hombres, dinero y armas.

La guerra de los Nueve Años provocó una verdadera diáspora de exiliados irlandeses que tuvieron como lugar de destino preferente tierras gallegas. La crisis humanitaria que supuso la llegada masiva de refugiados, como los 146 irlandeses que llegaron a A Coruña en 1605, recayó directamente sobre el gobernador.

El mantenimiento de los exiliados irlandeses supuso un gasto extraordinario que Caracena tuvo que gestionar con los escasos recursos de una Hacienda real exhausta. Para sufragar los gastos de la gente de guerra, de la Real Armada y de los expedicionarios, recurrió con frecuencia a la solicitud de socorros y préstamos de los concejos de A Coruña y Santiago, e incluso a incautar el dinero de las sisas de millones de esas capitales.

Estas decisiones generaron sonados enfrentamientos con las corporaciones municipales. Los regidores se negaban a proporcionarle los caudales, y Caracena llegó a ordenar la prisión para éstos en 1603, 1605 y 1606. La tensión entre la necesidad militar y la resistencia fiscal de las ciudades fue una constante de su gobierno.

Entre dos reyes

Caracena sirvió bajo el reinado de dos monarcas. Felipe II le nombró gobernador en 1596, y Felipe III confirmó su cargo y le concedió el título de conde sobre el estado de Caracena en 1599. Esta continuidad, a pesar de los cambios en la Corte tras la muerte de Felipe II en 1598, habla de la eficacia de su gobierno.

Pero también refleja la importancia de las redes de poder. Aunque el duque de Lerma, valido de Felipe III, inició una «caza de brujas» para depurar a los ministros y cortesanos que no simpatizaban con sus nuevas pautas de gobierno, Caracena consiguió mantener su puesto.

Su permanencia en el cargo y los nombramientos posteriores parecen confirmarlo. Como señala la historiadora Ana Quijorna Rodríguez, aquellos años en Galicia fueron percibidos en Madrid «con respeto y admiración».

El final de una década

En 1604 se alcanzó la paz con Inglaterra. El Tratado de Londres puso fin a dos décadas de conflicto. Caracena, que había gastado su propio dinero en el sostenimiento de las defensas de Galicia, acumulaba una deuda de 30.000 ducados. Pero su esfuerzo no pasó desapercibido.

El conde de Caracena tuvo que recibir y agasajar en A Coruña a Lord Nottingham, encargado de la ratificación de la paz, un momento de especial significación para la ciudad que había sido escenario de la gesta de María Pita y que había sido amenazada por el propio Lord Nottingham en 1599.

En 1606, tras una década de gobierno, fue nombrado virrey de Valencia. Se abría una nueva etapa en su carrera. En 1609, Felipe III le concedió el título de marqués de Caracena, y en 1624, ya con Felipe IV en el trono, fue nombrado conde de Pinto y consejero de Estado. Falleció en Madrid el 2 de febrero de 1626.

El legado de Luis Carrillo en A Coruña

El conde de Caracena fue el gobernante que gestionó los años más difíciles de la guerra en Galicia. Su legado en A Coruña es profundo: reforzó las defensas de la ciudad, continuando las obras del Castillo de San Antón, gestionó la llegada masiva de refugiados irlandeses y mantuvo la posición estratégica de Galicia en la Monarquía Hispánica.

Pero también fue un gobernante que se enfrentó a las limitaciones de una Hacienda exhausta y a la resistencia de las corporaciones locales. Su correspondencia con Felipe II, que se conserva en el Archivo Histórico de la Nobleza, es un testimonio de los desafíos cotidianos de gobernar en tiempos de guerra.

Hoy, el nombre de Luis Carrillo, Conde de Caracena, es uno de los grandes olvidados de la historia de A Coruña. Sin embargo, fue el gobernante que, durante una década, mantuvo en pie la defensa del reino, gestionó la llegada de los exiliados irlandesesy preparó las expediciones que partieron desde sus muelles. Su figura merece ser recordada, porque en sus decisiones se reflejan las luces y las sombras de una época.

Para saber más:

  • Vázquez Lijó, José Manuel y Rama Patiño, Luz. «Luis Carrillo de Toledo.» Historia Hispánica, Real Academia de la Historia. Pincha aqui para ver el enlace
  • «Luis Carrillo de Toledo.» Wikipedia, la enciclopedia libre. Pincha aqui para ver el enlace
  • Ana Quijorna Rodríguez – «Mecanismos y estrategias de promoción, ascenso y consolidación…» Historia y Genealogía, Nº 2 (Universidad de Cordoba – 2012), pp. 221-222. Pincha aqui para ver el enlace

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