La armada de Felipe II que nunca llegó a Irlanda

Dicen que quien siembra vientos recoge tempestades. Para Felipe II, la tormenta no fue una metáfora. En la noche del 28 de octubre de 1596, un violento temporal destrozó su plan de vengar el saqueo de Cádiz y golpear a Inglaterra apoyando la rebelión irlandesa. Ocho años después del desastre de la Gran Armada, el Rey Prudente había reunido una nueva expedición de enormes dimensiones. Pero el Atlántico decidió otra cosa. La armada nunca llegó a Irlanda. Un temporal la deshizo frente a las costas gallegas, en el que sería el mayor naufragio de la historia de Galicia.

La génesis de una venganza: el saqueo de Cádiz

El verano de 1596 fue un verano de cenizas para la Monarquía Hispánica. Una flota anglo-holandesa al mando de los condes de Essex y Nottingham, compuesta por 120 navíos, había asaltado y saqueado Cádiz, humillando al monarca español en su propio puerto. La indignación de Felipe II fue mayúscula. No solo se trataba de una afrenta militar; la captura y quema de la ciudad simbolizaban la vulnerabilidad de la Monarquía Hispánica, que aún sangraba por la derrota de 1588.

La respuesta no se hizo esperar. El rey ordenó un contraataque inmediato. El objetivo no era solo Inglaterra, sino abrir un nuevo frente en la guerra ayudando a los rebeldes irlandeses, encabezados por los líderes O’Neill y O’Donnell, que desde 1594 mantenían en jaque a la corona inglesa en la Guerra de los Nueve Años. La estrategia era doble: vengar el honor mancillado y forzar a las tropas inglesas a dispersar sus fuerzas entre Irlanda, Francia y los Países Bajos, donde España también libraba sus guerras. La empresa recayó en el adelantado de Castilla, Martín de Padilla Manrique, conde de Santa Gadea, un veterano de la guerra naval.

El reclutamiento y la formación de la «Gran Armada»

La preparación de la expedición exigió un esfuerzo logístico gigantesco, en el que A Coruña desempeñó un papel fundamental como puerto de reunión, avituallamiento y apoyo a la flota. Aunque el grueso de la armada se concentró en Lisboa, por los puertos gallegos pasaron miles de soldados, marineros y toneladas de víveres, armas y municiones destinados a la campaña.

La empresa reunió 126 barcos y alrededor de 15.000 hombres, una de las mayores fuerzas navales organizadas por Felipe II tras el desastre de 1588. Durante semanas, el puerto coruñés vivió una actividad incesante. Los muelles se llenaron de navíos, los almacenes rebosaban de provisiones y las tabernas acogían a soldados y marineros llegados de todos los rincones de la Monarquía Hispánica.

A finales de octubre de 1596, todo estaba preparado. La armada zarpó con la misión de desembarcar en Irlanda y apoyar la rebelión contra la corona inglesa. Nadie podía imaginar que el verdadero enemigo no sería Inglaterra, sino el Atlántico.

Un plan dividido y un mar encrespado

A pesar de la magnitud de la expedición, el plan de Felipe II nacía con dudas. Las instrucciones entregadas a Martín de Padilla resultaban ambiguas. Debía desembarcar en Irlanda para apoyar a los rebeldes contra Isabel I, pero al mismo tiempo se le sugería que, si las condiciones no eran favorables, desviara la flota hacia Bretaña y tomara el puerto de Brest. La indecisión reflejaba la dificultad de una campaña preparada con prisas y en una época del año poco propicia para navegar por el Atlántico.

La armada zarpó finalmente de Lisboa el 25 de octubre de 1596. Los primeros días de navegación transcurrieron sin incidentes, pero al llegar a la altura del cabo Finisterre el tiempo cambió de forma repentina. Un violento temporal dispersó la flota, rompió la formación y dejó a cada capitán luchando por mantener a flote su propio barco. En pocas horas, la operación militar mejor preparada de la Monarquía Hispánica se convirtió en una lucha desesperada contra el viento y el mar.

Los navíos, sobrecargados de soldados, artillería, caballos, provisiones y municiones, apenas podían maniobrar entre las enormes olas. Algunos perdieron los mástiles; otros fueron arrastrados hacia los bajos y los acantilados de la Costa da Morte. La Capitana de Levante, que transportaba además unos 30.000 ducados destinados a financiar la campaña, desapareció entre las aguas junto con buena parte de su tripulación.

Cuando la tormenta remitió, el balance era desolador. Más de veinticinco barcos habían naufragado y miles de hombres habían perdido la vida sin haber llegado siquiera a ver las costas de Irlanda. La expedición había terminado antes de empezar.

«Fisterra», el fin del mundo para la armada

La costa entre Finisterre y la Costa da Morte se convirtió en un inmenso cementerio de barcos. El temporal empujó los navíos contra los bajos y los acantilados, hundiendo más de veinticinco embarcaciones y causando la muerte de al menos dos mil hombres. La Capitana de Levante, que transportaba el dinero destinado a financiar la campaña en Irlanda, desapareció entre las olas junto con buena parte de su tripulación.

Los supervivientes que lograron alcanzar la costa lo hicieron exhaustos, heridos y sin apenas recursos. A pesar de su pobreza, los vecinos de localidades como Sardiñeiro o Muxía acudieron a socorrerlos. Durante días, las playas quedaron cubiertas de restos de embarcaciones, pertrechos y cadáveres, una imagen que alimentó la leyenda negra de un litoral que desde entonces sería conocido como la Costa da Morte.

Consecuencias: el final de una era

El desastre obligó a los barcos supervivientes a buscar refugio en los puertos gallegos. Muchos llegaron a duras penas a Ferrol y A Coruña, con graves averías y centenares de heridos a bordo. La expedición había fracasado antes de alcanzar Irlanda y miles de hombres habían muerto sin llegar siquiera a combatir.

Felipe II no renunció a sus planes contra Inglaterra y al año siguiente intentó organizar una nueva armada. Sin embargo, el desastre de 1596 demostró hasta qué punto el éxito de aquellas grandes expediciones dependía tanto de la planificación militar como de un Atlántico imprevisible, capaz de decidir por sí solo el destino de un imperio.

Más de cuatro siglos después, el mar sigue devolviendo fragmentos de aquella tragedia. En 2021, la Unidad de Buceo de Ferrol recuperó frente al cabo Corrubedo un cañón y una culebrina de bronce con el escudo de Felipe II, probablemente pertenecientes a la armada de Martín de Padilla. Son uno de los pocos testigos materiales que aún recuerdan el mayor naufragio de la historia de Galicia.

Cañon rescatado en 2021 en Cabo Corrubedo

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