Los primeros exiliados irlandeses en A Coruña

Recreación artística de un grupo de exiliados irlandeses desembarcando en la costa gallega a comienzos del siglo XVII

A Coruña, principios de 1602.

Los barcos que llegaban al puerto ya no transportaban soldados españoles camino de Irlanda. Ahora regresaban desde la isla cargados de hombres derrotados, familias enteras y nobles que lo habían perdido todo. Muchos apenas conservaban la ropa que llevaban puesta. Otros desembarcaban enfermos, desnutridos o sin saber una palabra de castellano. Todos compartían el mismo destino: el exilio.

La derrota de Kinsale había puesto fin al último gran intento de Irlanda por conservar su independencia frente a Inglaterra. Para miles de irlandeses comenzaba una nueva vida lejos de su tierra. Y uno de los primeros lugares donde encontraron refugio fue el puerto de A Coruña.

Durante los años siguientes, la ciudad recibiría a miles de refugiados procedentes del sur de Irlanda. Nobles, soldados, mujeres, niños y ancianos transformarían durante un tiempo la vida cotidiana del puerto coruñés, hasta el punto de convertirlo en el principal centro de acogida de la emigración irlandesa en la Monarquía Hispánica.

Una emigración de dimensiones colosales

La batalla de Kinsale, librada en diciembre de 1601, no solo supuso el fracaso de la intervención militar española en Irlanda. Fue también el detonante de una de las emigraciones más masivas de la historia de Irlanda. En la práctica totalidad de los casos, quienes huían eran irlandeses gaélicos del suroeste del país que habían apoyado la rebelión contra la corona inglesa y que, tras la derrota, se enfrentaban a una represión brutal.

Entre 1602 y 1608, cerca de 10.000 personas cruzaron el mar desde Irlanda hasta el noroeste de España. No eran solo soldados derrotados. Eran nobles, mujeres, niños, ancianos y pobres que huían de la guerra y de la persecución religiosa. La mayor parte de esta emigración recayó sobre Galicia, y especialmente sobre A Coruña, que entre 1601 y 1608 se convirtió en el principal punto de acogida de refugiados irlandeses en la Monarquía Hispánica.

¿Quiénes llegaban?

Los exiliados que desembarcaban en A Coruña representaban todos los estratos de la sociedad irlandesa. En un extremo, nobles de alto rango que habían liderado la resistencia contra los ingleses: el conde de Berehaven (O’Sullivan Beare), el conde de Desmond, los O’Donoghue, los MacCarthy y los Fitzgerald de Desmond. En el otro, campesinos, mujeres y niños que llegaban con lo puesto, habiendo perdido sus tierras y sus hogares.

La documentación de la época, conservada en el Archivo General de Simancas, permite hacerse una idea de la composición de esta comunidad. En diciembre de 1604, un noble irlandés llamado Cornelio Odriscol trajo a 250 irlandeses desde la Corte. En junio de 1605, la cifra había aumentado a 377 personas en situación de recibir ayuda real. En febrero de 1606, ya eran 892. Un indicador del impacto desproporcionado de esta presencia es que, en diciembre de 1605, 769 irlandeses recibían ayuda financiera de la Corona, frente a los 979 españoles que estaban en situación de servicio militar.

Aquella mezcla de clases sociales refleja hasta qué punto el exilio afectó a toda la sociedad gaélica.

La llegada a A Coruña

Las llegadas se produjeron de forma escalonada y caótica. En los primeros meses, los barcos que transportaban a los exiliados arribaban a la costa gallega, como el que llegó a Bayona en septiembre con 60 o 70 irlandeses a bordo. Pero a medida que la situación en Irlanda empeoraba, las oleadas se intensificaron.

En septiembre de 1605, el conde de Puñonrostro, Protector de los Irlandeses, envió a A Coruña 146 irlandeses desde la Corte de Valladolid. La carta que acompañaba el envío era desesperada: pedía al rey que «se haga el suficiente remedio en los puertos para que no se les deje entrar, pues de poco ha servido lo ordenado hasta ahora».

Pero los barcos seguían llegando. En octubre de 1605, una nave con 160 soldados arribó a la vecina Asturias. Entre esa fecha y mediados de noviembre, llegaron otros 139 irlandeses, en su mayoría mujeres y niños pobres que ni siquiera tenían dinero para comprar provisiones para regresar a Irlanda. Algunos de ellos habían sido forzados a embarcar en barcos que habían ido a pescar a puertos irlandeses. El corregidor de Asturias, viendo el estado de los recién llegados, los envió en pequeños grupos de cinco para que caminaran hasta A Coruña.

La ciudad se convierte en un campamento

El impacto sobre A Coruña fue devastador. De repente, la ciudad se vio desbordada por miles de refugiados que llegaban sin recursos y sin medios de vida. La zona comprendida entre Santiago, A Coruña y Betanzos se convirtió en un campamento irlandés improvisado, habitado por nobles, soldados, pobres y niños.

El conde de Caracena, gobernador de Galicia, fue el encargado de gestionar la crisis. Su correspondencia con Felipe III, conservada en el Archivo General de Simancas, refleja la desesperación de la situación. En una carta de diciembre de 1605, escribía:

«Estos caballeros han llegado al punto que cualquiera que los vea no puede dejar de juzgarlo como una de las mayores tragedias que se hayan visto en ningún lugar. [Teniendo] que mantenerlos durante un año sin ninguna provisión, y teniendo que confiar únicamente en mi cuidado y diligencia. ¿Puede imaginar, su señoría, cómo en Galicia se puede hacer tanto sin que yo perturbe a los lobos o aguante los insultos de los irlandeses que, por puro hambre, no pueden evitar su ira?«.

El conde de Caracena mantuvo a la comunidad irlandesa con vida mediante sus propias redes de recursos financieros, moviendo a los refugiados entre A Coruña, Santiago y Betanzos para distribuir la responsabilidad de su alojamiento entre la población gallega. Pero para mediados de 1605, ni siquiera él podía mantenerlos.

El dilema de la «gente inútil»

Las autoridades españolas distinguían claramente entre dos grupos de exiliados. Por un lado, los nobles y soldados, a quienes la Corona consideraba que tenía una obligación. Por otro, la llamada gente inútil: mujeres, niños y ancianos, que representaban casi el 50% de los inmigrantes irlandeses.

La presencia masiva de este segundo grupo creaba problemas de orden público en una región con dificultades de abastecimiento, y generaba un dilema moral-religioso para el rey y el Consejo de Estado. Llegó a plantearse la repatriación forzosa de este grupo a Irlanda, a pesar de que eso significaba enviarlos de nuevo a la persecución. Las discusiones teológicas sobre la validez de enviar niños a una muerte segura en Irlanda cubrieron el mismo terreno que las discusiones sobre la expulsión de los niños moriscos en 1609. Finalmente, la opción no se llevó a cabo, y Felipe III se vio obligado a proporcionar los fondos necesarios para resolver el problema.

El coste económico

El mantenimiento de los exiliados irlandeses supuso un gasto extraordinario para Galicia. Entre 1603 y 1607, el conde de Caracena tomó diversas cantidades de la sisa de millones de las principales ciudades gallegas para hacer frente a la crisis. El total ascendió a 284.400 ducados.

La relación entre este incremento masivo del gasto y la presencia de los irlandeses es más que evidente. En 1603-04, el promedio anual para Galicia era de unos 30.000 ducados. En 1605 aumentó a 41.000, y en 1606 se duplicó hasta alcanzar casi los 100.000. En 1607 bajó ligeramente a 90.000.

Para hacerse una idea del esfuerzo, el gasto prácticamente se triplicó en apenas tres años.

De la introspección a la integración

Los primeros años de la comunidad irlandesa en A Coruña fueron de introspección y supervivencia. Pero, como ha documentado el historiador Ciaran O’Scea, durante la década siguiente se produjo una rápida asimilación e integración en las estructuras civiles, eclesiásticas y reales de Galicia y de la monarquía española.

Las circunstancias socioeconómicas y políticas alteradas condujeron a cambios de gran alcance en las estructuras internas de la comunidad y en sus valores socioculturales. Los irlandeses, que habían llegado como refugiados, comenzaron a formar parte del tejido social gallego: establecieron familias, adquirieron honores, integraron el ejército español y, en algunos casos, alcanzaron posiciones de relevancia.

Conclusión: una crisis que marcó la ciudad

Cuando hoy paseamos por la calle de San Andrés, por la Pescadería o por los alrededores del antiguo puerto, resulta difícil imaginar que, hace cuatro siglos, aquellas mismas calles estuvieron llenas de refugiados llegados de Irlanda. Durante unos años, A Coruña dejó de ser únicamente un puerto militar y comercial para convertirse en un lugar de acogida para miles de personas que huían de la guerra, el hambre y la persecución.

Muchos regresaron algún día a su tierra. Otros nunca pudieron hacerlo. Sus descendientes se integraron en Galicia, sirvieron a la Corona, fundaron familias y dejaron una huella que todavía puede rastrearse en la historia de la ciudad.

Comprender aquella llegada es comprender también por qué, a comienzos del siglo XVII, A Coruña llegó a ser una de las ciudades con mayor presencia irlandesa de toda Europa continental.


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